Capítulo 4:
La oportunidad de Ramos

Advertencia:

Aquí se recrea la actualidad de España con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Dicho de otro modo: esta es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación. Esta es una novela de Ficción CoyunturalFC.

Madrid, martes 17 de abril

El capitán del Madrid viajaba en el puesto del copiloto de su propio automóvil. Al volante iba su hermano, René, quien hace menos de dos meses le había regalado a su “bro” aquel Seat 600 tuneado.

—Está flama el coche —dijo René.

—Está la rehostia, tío. Me siento como en una película antigua —intervino Pedro desde el asiento de atrás. Aquel era un exfutbolista que trabajaba con René en su agencia de representación de deportistas, además de ser habitual opinador en varios medios deportivos.

Vistos de lejos, en ese diminuto coche clásico donde tenían que agachar un poco la cabeza para no golpearse con el techo, parecían un grupo de pijos cortijeros en una noche de marcha. Vistos de cerca, eran tres adultos deseosos de perpetuar su juventud.

Los atuendos y cortes de pelo eran similares, como si atendieran las mismas indicaciones de un asesor de imagen compartido: camisa y americana; barba de dos o tres días; cabello muy corto a los lados y más largo arriba. Ya alguien se había burlado de ellos, diciéndoles que eran los Gianluca Vacchi de España.

 

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“Ramos, balón de oro”

(Lectura estimada: 3 min 6 s)

—¿Cómo no lo habías manejado antes? —preguntó Ramos a su hermano—. Compras un coche para mí y no lo conduces. Tenías que probarlo primero.

René se encogió de hombros. Justo en ese momento estaba más interesado en seguir el ritmo de la canción que sonaba al interior del coche: “Las costuras del alma”, de El Barrio. Cantó con voz baja y melancólica.

[…] A ver cuántos maestros pueden describir 
cómo se siente el alma cuando alguien se va 
y llena de epidemia todo tu recuerdo […].

Ramos se quedó viendo a su hermano con sorpresa, curiosidad y una leve sonrisa.

—¡Pero a dónde vas, alma de cántaro! —exclamó el futbolista.

Pedro rió y René se sintió un poco apenado.

—¿Qué pasa? —insistió Ramos—. ¿Te tiene así la Vania?

Su hermano hizo un gesto de <<yo qué sé>> mientras detenía el coche frente a la casa de Manuela, en Puerta de Hierro.

—Os acabo de enviar un correo —anunció Ramos a su hermano y a Pedro—. Dadle una mirada antes de bajar.

Se trataba de una corta presentación, originalmente enviada por “Quillo” García. En la primera de las cuatro diapositivas decía en letras grandes <<Ramos, Balón de Oro>>. La idea era exponer, de manera breve, por qué el jugador era perfecto candidato para aspirar al título que en los últimos 10 años solo habían ganado Messi y Cristiano.

<<Un futbolista total capaz de cambiar la historia>>, decía la segunda diapositiva. Allí estaba la foto de Ramos cabeceando en el minuto 92:47 de la final de Champions en Lisboa. Aunque siempre se habla del minuto 92:48 como el definitivo (porque en ese segundo entró el balón en la portería rival), el instante vital fue el segundo anterior, el 92:47, justo cuando la frente de Ramos hizo contacto con la pelota. En ese momento, en ese instante, cambió la historia. Fue ahí cuando el balón emprendió un rumbo sin retorno ni obstáculos y desencadenó los eventos ya conocidos para que el Madrid remontara y fuera campeón de Europa por décima vez.

<<Líder de líderes>>, se leía en la tercera diapositiva. Estaba ilustrada con sendas imágenes de Ramos luciendo el brazalete de capitán en el Madrid y en la Selección Española.

<<El mejor defensa del mundo con alma de delantero>>, decía una más. Contenía el “top” 10 de la última clasificación del Balón de Oro, en la que Ramos fue sexto (el primer español del listado y el único defensa). También había un pantallazo de una noticia del año anterior, en la que se hablaba de él como uno de los goleadores más importantes de la liga española.

René observó detenidamente la presentación. Sonrió con anhelo. Luego se quedó viendo fijamente a los ojos de su hermano.

—Tú sabes que yo he creído en esto más que nadie… —afirmó René—. Incluso, me parece que a veces he creído en esto más que tú. Es cierto que un Balón de Oro depende de muchas cosas, pero… si hay un año en el que podamos lograrlo, es este.

Ramos buscó validación en el asiento de atrás.

—¿Qué quieres que te diga, macho? —dijo Pedro—. Yo también creo que es posible, más en un año de Mundial. Si tú metes un gol en el 93 de la final de Champions y gana el Madrid, y luego metes un gol en el 93 de la final en Rusia y España es campeona… coño… sería un robo que no te den el Balón de Oro.

Ramos sonrió complacido. Los tres bajaron del coche y tocaron el timbre. Manuela abrió la puerta y observó con simpatía —y algo de burla— la vistosidad de los tres hombres. <<¿Y estos qué se creen? ¿Los Gianluca Vacchi de España?>>, pensó.

Consejería de sentido común

(Lectura estimada: 3 min 6 s)

—Hola. Bienvenidos —saludó la Mánager con genuina amabilidad.

Solía ser más seca en el trato, pero se ablandó ante la inesperada y caricaturesca jovialidad de Ramos, René y Pedro. Tal vez hizo una conexión inconsciente entre ellos y su hermano fallecido. Quizá imaginó que así podría verse él si aún viviera.

Los tres la saludaron con doble beso. Para la colombiana ya era incómodo que alguien le diera un solo pico, por lo que seis contactos en sus mejillas la ponían al borde de la irritación.

—¿Vas a estar en la reunión con nosotros? —le preguntó Manuela a Ramos.

—No —respondió el futbolista—, quedé con tu madre a esta hora.

Alba apareció en el corredor. Tenía preparada una infusión de hierbabuena en las manos.

—Mira, la hemos llamado con el pensamiento —añadió Ramos y procedió a presentar a sus acompañantes—. Este es René, mi hermano. Ya te he hablado de él en alguna de nuestras sesiones. Y él es Pedro. Trabajan juntos.

Doña Alba los saludó con calidez (la frialdad de Manuela era herencia de su padre).

—Bueno… nosotros a lo nuestro —dijo Manuela a René y a Pedro, indicando con la mano el camino a la sala.

—Ya me dirán en qué habéis quedado —replicó Ramos antes de separarse del grupo y seguir al “consultorio” de Alba, en la segunda planta de aquella vivienda.

El jugador del Madrid iba por su cuarta sesión. A su vez, él era el primer gran “rock star” de la liga española que Alba recibía en su despacho. La madre de Manuela empezaba a hacerse una reputación en la élite del fútbol como “consejera de sentido común”.

Ya no era psicóloga ni psicoanalista. Quiere decir que sí lo había sido. Décadas atrás —en Colombia— estudió, se graduó y ejerció, para después abandonar la profesión, renegar de lo aprendido y romper sus títulos. <<De qué sirve saber lo que sé si no puedes salvar a tu propio hijo del suicidio>>, justificó ella en su momento.

Solo cuando aceptó vivir con Manuela, y radicarse en Madrid, doña Alba decidió darse una nueva oportunidad, más por insistencia de su hija que por iniciativa propia. Comenzó atendiendo a jóvenes futbolistas sudamericanos que, gracias a la intermediación de la Mánager, llegaban a jugar en algún club de España. Uno de los compromisos que adquirían los deportistas con Manuela era asistir a una serie de sesiones con su madre.

La misión de doña Alba era escuchar a los futbolistas y ayudarlos a transitar hacia sus nuevas vidas: lejos de sus familias, en un país extraño, adaptándose a costumbres ajenas y aprendiendo a convivir sin las tradiciones propias; dándole perspectiva al dinero, a la atención mediática y la sobreexposición social; asumiendo con más serenidad los altibajos emocionales de perder o ganar un partido, de cometer un gran error o ser el protagonista de un acierto; orientándolos para administrar mejor las presiones de sus clubes, familiares, aficionados y periodistas. El reto para Alba era doble, porque la mayoría de aquellos jóvenes iba a mitad de otro tránsito difícil e inevitable: el de la compleja adolescencia.

Alba insistía mucho en aclarar que sus sesiones no podían considerarse una terapia de ningún tipo y que lo suyo eran <<charlas con una mujer entrada en años que podía dar buenos consejos y perspectiva, porque más sabe el diablo por viejo que por diablo>>.

Podría decirse que ejercía lo mismo que años antes como profesional. Sin embargo, las sesiones no eran rígidas en las formas, como sí ocurre en el psicoanálisis, donde el tiempo es limitado y el diván es innegociable. Tampoco atendía ningún tipo de trastorno o enfermedad mental, como sí pasa con la psicología. Para ella, esas diferencias hacían toda la diferencia.

La transición de Ramos

(Lectura estimada: 2 min 18 s)

Por supuesto, Ramos no era un adolescente. Tampoco un extranjero. Era un futbolista consagrado que había llegado a la cima de su profesión. Y allí, en la cima, se había ganado un espacio como líder. Eran tantos los títulos obtenidos a lo largo de su carrera —los más importantes que existen en el mundo del fútbol— que los triunfos y reconocimientos parecían más un regla que una excepción en su abultado palmarés.

Pero, como todos —o como cualquiera—, Ramos estaba en su particular proceso de transición y necesitaba consejo. A diferencia de los adolescentes que veía Alba, él transitaba hacia el retiro. Estaba administrando sus últimos años de carrera como futbolista profesional. Más que prepararse para una nueva vida, Ramos necesitaba prepararse para enterrar la que ha sido toda su vida.

Ha vuelto el sol en estos días —dijo Ramos de buen humor, ya en sesión con Alba.

—¡Al fin! —añadió ella aliviada—. Siempre he sido muy friolenta. A esta edad se agradece el doble cualquier momento soleado.

Ramos se sobó las palmas contra el pantalón. Sabía que hablarían de lo que él quisiera, pero no tenía en mente nada particular, al menos no de manera consciente. Le dio un vistazo a la habitación. Detuvo la mirada en un colorido autobús sobre la biblioteca y lo señaló.

—¿Tiene algo que ver con Colombia? —preguntó él.

—Sí. Le llamamos “chiva” o “bus escalera”. Se supone que es algo típico… O bueno, era algo típico, ahora es algo más icónico. Se usaba para el transporte en pueblos, para llevar a campesinos, pero también para acarrear sus productos del campo. No creo que hoy en día haya muchas “chivas” con el mismo uso.

—¿Extrañas Colombia?

—El clima —contestó Alba sonriendo—. En Bogotá el frío no es tan frío como aquí en invierno. Y el calor no es tan fuerte como aquí en verano… Extraño a mis hermanas, sobre todo. Esa “chiva” fue un regalo de una de ellas. Me imagino que las personas te dan ese tipo de cosas porque asumen que extrañas tu país.

Ramos se quedó pensando.

—¿Sabes qué extraño yo? —planteó al fin.

Doña Alba esperó a que él mismo diera respuesta a su pregunta retórica.

—Nada —agregó Ramos, un poco sorprendido de su propio descubrimiento—. No extraño nada, ni de mi niñez, ni de mi juventud… Nada.

El jugador se quedó pensando: <<¿Por qué no extraño nada?>>. Y prosiguió:

—Cuando era un chaval me encantaban los caballos. Siempre que veía uno quería montarme. Mi padre le pedía al dueño del caballo que me dejara subir, así fuera por unos segundos… Ahora tengo una finca con los mejores caballos andaluces que pueda haber en toda España. Soy propietario de una yeguada y monto mis propios caballos…

“El día que ya no esté...”

(Lectura estimada: 2 min 1 s)

Ramos siguió meditando. No estaba seguro de qué quería decir, aunque Alba ya intuía para dónde iba.

—De pequeño jugábamos al fútbol en frente del edificio en el que vivíamos. Era un barrio humilde. Recuerdo que celebrábamos cualquier gol como lo hacían los famosos de esa época. Cada quien imitaba a sus favoritos y hacíamos un buen repertorio de celebraciones. A veces señalaba a mi piso y le dedicaba un gol a mi madre. Mi padre nos veía muchas veces desde la ventana mientras fumaba… Hoy sigo marcando goles, pero en el Madrid, y los celebro a mi manera. Supongo que otros chavales son los que ahora me imitan. Sí que es cierto que ya no le dedico los goles a mi madre, pero sí a mis hijos… y a “doña Pilar”, que a veces se queja de que no le dedico nada…

—¿Doña Pilar?

—Mi esposa. Le digo así un poco en broma. Siempre ha sido una “señora” más puesta en su sitio que yo. Es ocho años mayor… Ya te podrás imaginar… ¿Sabes? Siempre he estado acompañado de mi familia. Incluso, cuando me fichó el Madrid nos vinimos todos desde Sevilla, mis padres y mis hermanos. No era muy diferente a cuando jugaba en los alevines del Camas…

—¿Los qué?

—Los alevines del Camas… era una categoría de chavales, de los más pequeños, del equipo del pueblo… El pueblo se llama Camas.

—Ah, ya.

—Entonces no fue muy diferente cuando vinimos a Madrid. En los alevines hacía lo que más me gustaba, que era jugar al fútbol, y después volvía a casa con mi familia. Lo mismo pasó cuando me fichó el Madrid. Iba a entrenar o a jugar partidos y en casa me esperaban los mismos de siempre. Hoy todos siguen ahí, a un paso de distancia. Es verdad que ya no vivo con ellos, pero mi hermano es mi representante; mi padre, además de ser mi amigo, es mi referente y somos socios en algunos negocios; el esposo de mi hermana es el director de la yeguada… Y bueno, además de ellos, en casa me sigue esperando una familia: mis hijos y mi esposa. Eso es lo más importante. El día que ya no esté, son ellos los que van a seguir siendo parte de mi vida.

—¿“El día que ya no esté”? ¿A qué te refieres con eso?

—Me refiero al día que deje de ser futbolista.

“Quiero meter más goles”

(Lectura estimada: 3 min 2 s)

Alba asintió pensativa.

—Suena a que has tenido una vida muy afortunada ¿Qué te hace falta entonces? —preguntó la mujer.

Ramos sonrió. Le dio un poco de vergüenza.

—En teoría, nada… —respondió el futbolista.

—En teoría… —destacó Alba—. ¿Qué te hace falta?

El jugador volvió a reír.

—No quiero sonar desagradecido —se justificó—. La verdad es que soy un privilegiado. Hoy podría retirarme y medio mundo quisiera alcanzar la mitad de lo que yo he alcanzado.

—No tienes que preocuparte de sonar desagradecido. Aquí no le pondré adjetivos a lo que piensas o a lo que sientes. Mi labor es ayudarte a entender eso que piensas o eso que sientes, sin entrar a calificarlo.

Ramos reflexionó unos segundos antes de avanzar.

—Siempre que me entrevistan digo que lo importante es el trabajo colectivo… pero la verdad es que me gustaría meter más goles… Los que meten goles son los que se llevan más portadas y más elogios. Si yo, como defensa, impido tres goles, o cuatro o cinco, pero me hacen uno, de lo que se va a hablar es del gol que me marcaron, no de los que evité. O si yo salvo a mi equipo de que nos marquen 10 goles, y ganamos por un gol que hace un compañero mío, las tapas de los periódicos van a ser para él. La historia recuerda sobre todo a quienes suben el marcador.

—¿Te gustaría aparecer en más portadas de periódicos?

—Vamos, que si hay un defensa que ha tenido portadas soy yo… Lo que quiero decir es que hay más reconocimiento en hacer un gol que en impedirlo. No existe un premio para el defensa que más tiros bloquea. Sí hay premios para el portero que menos goles encaja, pero al final la atención se dirige al que es goleador.

—¿Crees que debería ser más reconocido el trabajo de un defensa?

Ramos se lo pensó muy bien antes de contestar.

—No —dijo tajante y acto seguido soltó una carcajada. Alba rio con él—. Yo creo… tal vez… Mira, yo de niño hacía goles en mi barrio. No importa cuántos años tengas: hay más placer en hacer un gol que en defender. Si dejo de jugar fútbol el día de mañana, francamente, no me van a hacer falta más reconocimientos como defensa central. Lo que sí quisiera es hacer más goles y ser reconocido como goleador.

Alba, que de fútbol sabía menos de lo mínimo, muchas veces se veía en la incómoda situación de preguntar cosas que podían ser más que obvias para sus interlocutores.

—Ayúdame a entender —pidió ella—. ¿Un defensa no puede jugar como goleador?

A Ramos le causó gracia. Lejos de juzgar su falta de conocimiento en el tema, le tenía simpatía a Alba por eso mismo. Para él era refrescante sentarse a hablar con alguien que no lo veía con fanatismo ni estaba buscando un titular para los medios de comunicación.

—El “goleador” no es una posición en el campo —explicó Ramos paciente—. Las posiciones básicas son defensas, mediocampistas y delanteros. En teoría cualquiera podría ser goleador. Incluso, en la historia ha habido porteros goleadores, como Chilavert, que es un paraguayo ya retirado. Higuita fue otro portero goleador. Seguro has oído de él, porque es colombiano. Sí que es verdad que yo he sido un defensa goleador, pero también es cierto que quienes más oportunidades tienen para meter goles son los delanteros, por el simple hecho de que juegan más cerca de la portería rival. Ese es el trabajo principal de ellos y cuentan con ese plus para ganar más trofeos individuales.

—¿Sientes que tienes pocos trofeos?

Alma de delantero

(Lectura estimada: 2 min 47 s)

Ramos resopló.

—Tengo muchísimos títulos… —explicó—, títulos de liga, supercopas, champions, eurocopas, el Mundial de Sudáfrica. Se dice pronto pero… Mira que ni Messi, ni Cristiano, que se supone son los mejores del mundo, han ganado un Mundial… Es más, a Cris solo le queda este Mundial en Rusia para poder decir que es campeón del mundo. El próximo lo verá retirado, probablemente como yo, por allá en 2022. Por eso digo que no quiero sonar malagradecido, porque yo ya tengo ese trofeo, que podría ser el más difícil de conseguir, pero… vamos, que me gustaría tener los títulos individuales de un goleador.

—¿Cuáles son los títulos individuales de un goleador?

—Una Bota de Oro, por ejemplo… —contestó Ramos, dejando para después el reconocimiento en el que realmente estaba pensando—. Pero el que más me gustaría tener es el Balón de Oro.

—¿El Balón de Oro se lo dan a los que más goles hacen?

—No necesariamente, pero sí pesa mucho meter goles. Es decir, técnicamente, el Balón de Oro es para el mejor jugador de fútbol en el mundo cada año, pero influyen muchos los goles que hayas hecho. Por eso es que muchas veces termino jugando de delantero, porque tengo esa ambición y ese deseo de marcar, porque así tengo más opciones de ser un Balón de Oro.

Alba se mostró confundida.

—¿Dices que a veces juegas como delantero? Pensé que eso no se podía hacer.

—Bueno… sobre todo en las jugadas a balón parado soy como un delantero más. En los tiros libres o saques de esquina estoy ahí para cabecear, que no se me da nada mal. Ya te digo yo que así he metido más de un gol que nos ha dado títulos. Tú porque no sabes de fútbol pero, joder, le he dado al Madrid uno de los títulos más importantes de su historia gracias a un testarazo… Y por otro lado, también aprovecho cada vez que no juega Cris para cobrar yo los penales o ciertos tiros libres. Mira que si hay alguien con la autoridad de poder decir <<déjame este a mí>> soy yo, y eso es mucho decir en un equipo con tantas estrellas como el Madrid. Hasta en la Selección le he quitado penaltis a Iniesta.

—Pero entonces sí haces goles…

—Mmm… quisiera meter muchos más… Por eso es que, aparte de las jugadas a balón parado, subo a la portería del contrario más veces de las que debiera y descuido un poco mis tareas defensivas. El otro día, el míster me gritaba <<¡Quédate!... ¡Quédate!>>, y me lo decía con toda la razón del mundo, porque el partido anterior lo habíamos perdido en el último minuto, precisamente cuando yo estaba jugando de delantero. Y mira que eso tampoco lo puede hacer cualquiera. A otro le hacen un gol por estar fuera de posición y el míster no lo vuelve a alinear en su puñetera vida. Para serte sincero, no es la primera vez que nos pasa, y eso que yo soy el primero en decir <<que cada quien barra su parcela>>. Ahí hago un mea culpa porque en ocasiones he fallado, en aras de esa ambición por meter goles. Pero bueno, también es cierto que por esa ambición es que he metido los goles que nos han permitido ganar finales importantes.

Con los días contados

(Lectura estimada: 3 min 2 s)

Alba, que casi ni parpadeaba mientras lo oía, esperó hasta estar segura de que Ramos había finalizado su idea.

—¿Cuánto tiempo te queda? —cuestionó ella.

A Ramos le disonó la pregunta.

—¿Cuánto tiempo me queda de qué?

—De carrera como futbolista —aclaró Alba.

—Ah… parecía que hablabas con un enfermo terminal —le reprochó Ramos—. Yo calculo que me quedan, como mucho cuatro años, en el mejor de los casos. Acabo de cumplir 32. Difícilmente llegaré a los 36 como jugador del Madrid. Lo más probable es que sean menos. Mira a Iniesta, un deportista que se cuida como el que más: va a retirarse del Barça con 34. Ya te imaginarás lo difícil que es seguir compitiendo a este nivel con cada año que pasa.

—Por supuesto, no eres un enfermo terminal… —aclaró Alba—, pero tú sí hablas como si tuvieras los días contados. La pregunta la hice adrede para que te sirviera un poco como un espejo, para que sepas cómo se oye cuando hablas.

—¿Yo hablo como si tuviera los días contados?

—Tal vez no te has dado cuenta, pero hoy has hablado mucho de cómo pareces prepararte, sin estar listo, para el día que tengas que abandonar el fútbol.

—¿Yo? —volvió a dudar Ramos.

—Me has contado cómo tu familia seguirá a tu lado el día que ya no juegues, cómo crees que te recordará la gente por los títulos que has ganado, pero también has sugerido que la historia no te reconocerá como un goleador. De alguna manera, percibo miedo… incertidumbre… inseguridad por el retiro que se acerca.

—Hombre —cuestionó Ramos, haciendo un gesto de incredulidad—, los que llevamos toda una vida en esto sabemos de sobra que nuestra profesión tiene fecha de caducidad. Y si algo tengo yo son proyectos para entretenerme y vivir más allá del fútbol.

—Lo que estoy señalando no es que tengas incertidumbre sobre tu futuro. Seguro tienes muchos proyectos pendientes. Lo que sí te preocupa es que dejarás de vivir este presente que tanto te gusta. Dicho de otra manera: no le tienes miedo a lo que vas a hacer, porque tienes muchas opciones, sino que le temes a lo que vas a dejar de hacer.

El argumento resonó en la cabeza de Ramos, pero aún así quiso confrontarlo.

—No seré el primero ni el último futbolista que se retire. Habrá que asumirlo, ¿no? Si algo te enseña un equipo como el Madrid es a hacerte duro. Aquí se viven muchas presiones y hasta el momento he sabido manejarlas muy bien.

—Exacto —replicó Alba con un ligero tono de eureka—. Tu dominas muy bien este mundo. Lo que escucho de otros deportistas que vienen a hablar conmigo es un listado de situaciones difíciles y muy desafiantes, frente a los medios de comunciación, frente a sus familias, frente a sus compañeros, sus entrenadores, sus representantes… Pero a ti nada de eso te trasnocha. No te he oído una sola queja sobre esos temas. Lo que para muchos es una de las industrias más exigentes sobre el planeta, para ti es una zona de confort. Todo te fluye con mucha naturalidad: los títulos, la fama, la familia, el dinero, el fútbol en sí mismo… Me acabas de contar que juegas como delantero cuando se te da la gana y el entrenador te vuelve a alinear al siguiente partido como si nada, ¿no?… Lo que quiero decir es que navegar en este mundo es muy fácil para ti, demasiado fácil, y además te ha traído las mayores recompensas. Es apenas lógico que tengas miedo a dejar esta vida, este día a día que sabes manejar tan bien.

“Morirá una parte de ti”

(Lectura estimada: 2 min 41 s)

Ramos escuchó cada palabra con absoluta atención, casi con la misma concentración con la que seguía la trayectoria de un balón que pretendía cabecear.

—Y si estoy tan a gusto en este mundo… —indagó él— si domino tan bien esta profesión… ¿por qué siento este pequeño vacío…?, ¿por qué quiero meter más goles o ganar un Balón de Oro, como si los necesitara para sentirme completo?

—Creo que ninguna de las dos cosas te hacen falta. Tal vez te has propuesto esos objetivos para… no sé, para aplazar tu retiro… Si por ejemplo te pones como meta 10 goles y la cumples, o quedas muy cerca de alcanzarla, tendrás un buen motivo para decir <<todavía puedo seguir jugando al máximo nivel; puedo jugar otro año>>. Pienso que el Balón Dorado podría ser…

—El Balón de Oro… —corrigió Ramos.

—Eso… el Balón de Oro, por el contrario, podría ser un cierre simbólico de tu carrera para lidiar mejor con el duelo. Sería como ponerle un broche de oro “perfecto” a tu trayectoria.

—¿Lidiar mejor con el duelo? ¿Cuál duelo?

—El duelo de tu carrera como futbolista —respondió Alba, muy seria—. A esto te has dedicado por más de 15 años, prácticamente la mitad de tu vida. Vas a sentir la pérdida de algo muy importante: tu rutina, esas cosas que te daban seguridad y propósito a diario, el contacto con personas que ya no saludarás en las mañanas. De alguna manera, una parte muy importante de ti va a morir, porque un buen pedazo de tu realidad cotidiana dejará de existir. Tú lo sabes…, o creo que… por lo menos… lo intuyes, ¿no?. Si no… pues no te lo estaría diciendo…

Alba trastabilló. Se cuestionó. Sin darse cuenta, perdió contacto visual con Ramos mientras reflexionaba, dudosa. Tal vez, pensó, se había apresurado en traer a colación un eventual duelo que aún estaba lejos de darse. Los libros de estudio, esos que había desechado años atrás, habrían sugerido que era equivocado plantear semejante tema con tanta anticipación en una terapia.

Pero no fue eso lo que realmente preocupó a Alba (como había renegado de su profesión, y en teoría ella no conducía “terapias”, se daba a sí misma licencias para llevar la contraria). Lo que la inquietó, casi al punto del remordimiento, es que había algo de agresividad al hablarle a Ramos de “pérdida”, y al decirle con cierta crudeza que una parte de él iba a “morir”, cuando en realidad seguía siendo un jugador activo y relevante.

No le fue difícil concluir que envidiaba a aquel hombre; en concreto, envidiaba su fortaleza mental y emocional. Fue justo eso lo que le faltó al hijo futbolista de Alba para no sucumbir antes las presiones, que tampoco parecían tantas si se comparaban con las de Ramos.

La debilidad de su hijo muerto la amargaba. Habían pasado muchos años desde el suicidio, pero las sesiones con los deportistas empezaban a revolverle la cabeza. Cuando le dijo a Ramos que sentiría la pérdida de algo muy importante, la muerte de una parte vital, la desaparición de un buen pedazo de su realidad cotidiana, Alba también hablaba de sí misma. Ella seguía en duelo —o volvía a estarlo—, y ahora era evidente.

***

El “empujón” de Iniesta

(Lectura estimada: 2 min 37 s)

—Acabamos de ver la presentación que envió “Quillo” —dijo René—. Muy buena. Cortita y al pie. Imagino que la hizo por instrucción tuya.

La Mánager, que detestaba aquellas expresiones recurrentes de tertulianos sin imaginación (“cortita y al pie”), le quitó importancia a la presentación haciendo un movimiento con la mano.

—Eso es más una especie de “truco publicitario” barato para que a él no se le olvide lo que quiere y lo que es capaz de hacer.

René y Pedro se miraron, extrañados.

—Hay que conocer a mi hermano para saber que él siempre quiere ganar y competir —dijo René—. El Balón de Oro no es una ambición que se le vaya a olvidar de la noche a la mañana.

Manuela señaló con su índice derecho hacia arriba, apuntando a la segunda planta de aquella vivienda, donde a esa hora ocurría la sesión de Ramos con doña Alba.

—Hay que conocer a mi madre para saber que una conversación con ella puede cambiarlo todo. ¿De qué creen que hablan allá arriba? Les aseguro que mi madre no está diciéndole a él que sí, que es muy importante conseguir más títulos y colgarse más medallas. Se llama a sí misma “consejera de sentido común” —acentuó Manuela, haciendo una mueca de desdén—. Lo que está haciendo mi madre es conduciéndolo a la extrema sensatez, a que tenga esta “perspectiva de la vida” en la que lo importante es la familia y la salud y otras carajadas. Ya les he advertido que ella es muy buena en eso y que es un error que tu hermano haya empezado las sesiones en esta coyuntura. Pero yo no le puedo impedir a mi madre que lo reciba. Ustedes sí podrían inventarse algo para evitar que él venga.

René y Pedro ya no estaban extrañados, aunque sí un poco perturbados. No se esperaban que Manuela “conspirara” contra su propia madre.

—Bueno —dijo René—. Sobre la ambición de mi hermano y su deseo de ganar más trofeos, dejádnoslo a nosotros… Tú dinos qué has pensado para que se den las otras condiciones, para que esto deje de decidirse entre Messi y Cristiano, o el delantero de moda. El año que mi hermano marcó el gol histórico en la final de Lisboa, apenas le alcanzó para quedar de 23 en la clasificación del Balón de Oro. Está claro que él necesita un empujón adicional.

—Así es —respondió Manuela, y sin más preámbulo soltó lo que tenía en mente—. Ese empujón nos lo va a dar Iniesta.

Pedro miró a su compañero. Quería comprobar si él tampoco había entendido lo que acababa de decir Manuela. La expresión de René fue elocuente: <<Tampoco tengo idea de lo que habla esta mujer>>.

—Iniesta —añadió ella— se va a retirar del fútbol español en unas semanas. Va a ser una larga despedida, va a haber homenajes por todos lados y se le reconocerá como uno de los futbolistas más talentosos e importantes de la historia, ¿o no?…

René y Pedro empezaron a fastidiarse. Lo que ella decía era una obviedad, pero seguían sin comprender por qué ponía el tema sobre la mesa.

“Avemarías ajenas”

(Lectura estimada: 3 min 14 s)

—Pues para nosotros… —prosiguió Manuela— también será el momento de recordar que a Iniesta nunca le dieron un Balón de Oro y que mereció tenerlo, especialmente por el Mundial que ganó España gracias a un gol suyo… Voy a ser más concreta: esta va a ser una oportunidad para que los periodistas, los que votan por el Balón de Oro, sean conscientes del antecedente de Iniesta y eviten que una injusticia así se repita, con más razón en un año de Mundial. Queremos que esta vez miren más allá de Messi, Cristiano o cualquiera que sea el delantero de moda. Queremos que voten por el más determinante, por un gran líder, no por el más goleador.

Rápidamente, Pedro le encontró “peros” a la idea.

—De eso ya se ha hablado antes —dijo el exjugador—, y llevamos 10 años con el Balón de Oro repartido entre Messi y Cristiano.

—Claro —aceptó Manuela—, de esa injusticia ha hablado todo el mundo, menos la revista que otorga el Balón de Oro… Eso es precisamente lo que va a cambiar: la próxima semana, la revista “France Football” va a pedirle perdón a Iniesta.

Pedro la miró con desconfianza e incredulidad.

—¿Perdón de qué? —preguntó.

—Pues perdón por no haberle dado nunca un Balón de Oro —contestó Manuela impaciente.

—Pero, ¿cómo? —insistió Pedro—. ¿Van a hacer una rueda de prensa?

Antes de que Manuela respondiera con displicencia y hartazgo, René se adelantó.

—¿Un editorial? —indagó él.

—Un editorial —confirmó ella, pensando a la vez que <<al menos alguien le sigue el ritmo a la conversación>>.

—¿Cómo sabes que eso va a pasar? —cuestionó de nuevo René.

—Porque la idea es mía —respondió Manuela, como si fuera apenas lógico—. En este momento tengo a alguien en París ultimando detalles.

Pedro no se lo acababa de creer.

—¿Se supone que vas a convencer a los periodistas de “France Football” para que hagan un editorial en el que le piden perdón a Iniesta?

—Solo hace falta convencer a uno y ya está hablado —aclaró la Mánager—. El director de la revista es quien decide los editoriales. Él no tiene que pedirle permiso a nadie más.

A René le empezaba a hacer sentido, pero no terminaba de entender al cien por ciento.

—Exactamente, ¿cómo nos va a ayudar esto para ganar el próximo Balón de Oro?

—Vamos a sentar un precedente. Vamos a ambientar, desde ya, que el Balón de Oro puede ser para alguien diferente. Es más, vamos a ambientar la idea de que el premio “debe” ser para alguien diferente. Y para eso vamos a usar a Iniesta como excusa. A eso le decimos en Colombia <<ganarse indulgencias con avemarías ajenas>>.

—Pero eso no va a garantizar que el Balón de Oro lo gane mi hermano —replicó René.

—Claro que no. Yo me encargo de que los periodistas de “France Football” voten pensando en la injusticia de Iniesta, que este año hagan un esfuerzo por premiar al mejor jugador, no al más goleador, y que sea distinto a Messi y a Cristiano. A ustedes les corresponde bombardear los medios con información sobre él, sobre sus jugadas, qué sé yo, que hagan reportajes sobre su importancia y sobre la leyenda que ya es en el Madrid y en la Selección. Por eso pedí que Pedro viniera, porque habla en varios medios de comunicación y es mejor que conozca a fondo la estrategia, y así sea un vocero “espontáneo” de esta causa cada vez que vea una oportunidad… Pero obvio, René… sobra decir que lo más importante es que tu hermano llegue a la final de la Champions, y a la del Mundial, ojalá con goles incluidos.

—¿Puedo preguntar algo? —pidió Pedro—. Es una curiosidad sobre el director de la revista…

Manuela arqueó las cejas, y asintió con cara de antipatía.

—¿A cambio de qué aceptó publicar ese editorial?

***

‘L’édito en marche!’

(Lectura estimada: 0 min 42 s)

París

Pascal tecleó el título de su próximo editorial: “Perdón Andrés”. Así, en español, omitiendo la coma que debería separar las dos palabras. Nadie se daría cuenta del error ni después de publicado.

Estaba en su casa. Este texto merecía un trato especial. Una copa de vino reflejaba la luz del computador. Tomó un sorbo, se quitó sus gafas de marco grueso, agarró el teléfono móvil y escribió un chat en francés.

¡El editorial está en marcha! Espero que cumplas con tu parte

Se recostó sobre el espaldar de la silla y tomó otro poco de vino. Iba a coger de nuevo sus lentes para empezar a escribir, pero la respuesta de Sofía Vidal lo detuvo.

No te alcanzarán las páginas de la revista para publicar todas las exclusivas de la liga española que te vamos a dar 😉

 

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