Capítulo piloto: Poder Real

Advertencia:

Aquí se recrea la actualidad de España con situaciones imaginadas, diálogos inventados y personajes ficticios. Dicho de otro modo: esta es una caricatura de la realidad, una parodia, un ejercicio de imaginación. Esta es una novela de Ficción CoyunturalFC.

Domingo 16 de abril

Florentino terminó de leer unos mensajes en su teléfono celular antes de bajar del AUDI A3 Sedán color azul cosmos (azul como muchos de sus vestidos, como la gran mayoría de sus camisas y como todas sus corbatas).

Respondió un último chat con las gafas inutilizadas en la frente. No sufría de presbicia, usual a su edad, pero sí tenía miopía avanzada. Quiere decir que, a ojo limpio, Florentino podía ver con nitidez cualquier texto o imagen a un brazo de distancia. Más allá de eso no reconocía ni a sus hijos.

Esa realidad le fastidiaba. A su modo de entenderlo, los mismos lentes que necesitaba para enfocar de lejos eran un estorbo cada vez que leía de cerca. Le parecía contradictorio y caprichoso; una burla propia de la mordaz vejez.

—No me voy a demorar —le dijo al conductor, luego de posar de nuevo las gafas sobre su tabique.

 

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Puerta de Hierro

Estaban en Puerta de Hierro, urbanización ubicada en uno de los penúltimos sectores al noroccidente de la capital de España. Era noche de domingo y el Madrid había jugado el día anterior. Durante toda la jornada Florentino no había tenido apariciones públicas ni reuniones sociales, por lo que iba sin corbata ni americana. Es decir: iba incómodo. Estaba abrigado con una chaqueta oscura. Debajo, una sobria camisa blanca de trama cuadriculada que a él le parecía “ligeramente extravagante”. No tuvo que tocar el timbre. Doña Alba abrió la puerta.

—¿Cómo le va? —saludó con una sonrisa la mujer de 68 años.

Estaba vestida y arreglada con lo estrictamente necesario; con aquello que consideraba apenas justo para sobrellevar mejor los primeros años de la vejez: lentes bifocales livianos, zapatos cómodos de suela plana y un jersey de lana para los días siempre fríos de la tercera edad.

Alba había desterrado las alhajas de su cuerpo. Ni siquiera usaba aretes. También había renunciado al maquillaje; así se podía detallar su rostro sexagenario, cuarteado con arrugas, como si se tratara de televisión en alta definición. Para adornarse le bastaba esa blanquísima cabellera que peinaba de medio lado.

La motivaba el exceso de practicidad, no la falta de vanidad. Prueba de ello es que mantenía un recato: usaba siempre pantalones oscuros para disimular su cadera regordeta y el grosor de las piernas.

—Buenas noches, señora —dijo Florentino.

La mujer hizo un gesto para que la siguiera. Florentino entró y dudó antes de continuar, hasta comprender que él mismo debía cerrar la puerta. Se sentó en un sofá. Doña Alba, sin decirle nada pero sonriendo de nuevo, se retiró de la sala.

El visitante se sintió extrañado: no le ofrecieron ni agua ni café, aunque habría rechazado cualquiera. Miró a su alrededor. Estaba en una casa de dos plantas y un semisótano; 500 metros cuadrados de construcción, sobre un total de 1.550 metros cuadrados de parcela.

Los espacios y acabados eran modernos y sencillos (“minimalistas”, según la agente inmobiliaria). Igual descripción se ajustaba a los muebles y demás adornos. No le sobraba una silla o una mesa. Tampoco le faltaba un espejo, un cuadro o una mata. Bien podrían tomarse fotos de aquella estancia para publicarlas en una revista con ideas estándar de decoración vanguardista.

Allí cualquier persona podría vivir con sobrada comodidad, pero nunca nadie se sentiría en casa. Era un lugar funcional y práctico, como doña Alba. La distribución de las habitaciones les brindaba suficiente privacidad a ella y a su hija Manuela.

De otra parte, la casa se prestaba para las actividades propias de una mánager de futbolistas: tenía un gran salón de reuniones sociales y un iluminado jardín que a los invitados les daba gusto usar en noches de verano —y al que solo salían los fumadores en invierno—.

El cuarto del semisótano servía para albergar, de vez en cuando y siempre temporalmente, a jugadores de fútbol soñadores que recién llegaban a Madrid.

Su ubicación también resultaba conveniente: a 17 minutos equidistante de La Finca y La Moraleja, los hogares de la mayoría de jugadores del Madrid y varios del Atlético; a 13 minutos de la oficina de Florentino y a 16 de su residencia en el barrio El Viso; a 18 de la productora del Presidente del Atlético, en Pozuelo, y a similar distancia de la Federación Española, en Las Rozas; a 8 del Palacio de la Moncloa; a 17 de la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol, sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid; a 19 del Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento; y, más importante que todo lo anterior, a 15 minutos del Palacio de la Zarzuela, hogar de la Familia Real.

Quien insistió fue el Rey

La anfitriona avisó con su pesado taconeo que se aproximaba a la sala. La figura robusta e imponente de Manuela Aguirre Erazo apareció desde el corredor, caminando con el tronco inclinado hacia adelante como si cortara el aire con el pecho, igual que un barco avanza mientras rompe el agua con la proa.

Además de su notable estatura —un metro con setenta centímetros—, ponía en práctica dos viejos trucos que aprendió de expertos en imagen, y de los que se terminó convenciendo cuando le dijeron que Margaret Thatcher había acudido a los mismos artificios.

Por un lado, usaba zapatos de tacón medio, en apariencia irrelevantes pero en efecto decisivos para ganar entre cuatro y seis centímetros de altura. De otra parte, su pelo corto a los lados y voluminoso arriba le sumaba otros cuatro centímetros de grandeza. Las artimañas cumplían con el propósito: la Mánager se veía gigante.

A Florentino siempre le pareció que la colombiana tenía un aire a Dilma Rousseff, por su contextura, claro, pero también por sus ademanes de mujer poderosa.

—Manuela —dijo él, poniéndose de pie—, te veo muy elegante para una noche de domingo. Pude haber venido de traje.

La Mánager extendió su mano. Tensó sutilmente el brazo para prevenir que Florentino se acercara más y así evitar dos besos en sus mejillas.

—Usted se imaginará que mi trabajo es de lunes a domingo. Después de tanto tiempo en este negocio —dijo ella mientras tomaba asiento y él hacía lo mismo—, me siento más cómoda con ropa formal los siete días de la semana. Los pantalones negros y estos blusones son mi zona de confort.

Florentino asintió pensativo. Se identificó con el razonamiento de la Mánager.

—Yo me siento extraño cada vez que salgo de casa sin corbata. Es algo que casi no pasa.

—¿Y por qué no se puso una hoy? —preguntó ella con seriedad, mirándolo sin parpadear.

El Presidente del Madrid la percibió ligeramente desafiante. El ustedeo de ella lo interpretó correctamente como una señal de distancia. No obstante, la pregunta le resultó interesante. Dos veces amagó una respuesta, pero en ambas ocasiones se contuvo para pensar mejor. Sintió curiosidad por conocer su propia explicación.

—Uso la corbata cuando estoy trabajando, que es casi todos los días del año. No sé… Tal vez hoy no me he sentido en modo de oficina.

Manuela se quedó viéndolo, ahora con un gesto de soberbia:

—Hay cosas importantes pasando. Cosas de las que tenemos que hacernos cargo, incluso los domingos. Esta no es precisamente una reunión social, Presidente.

Florentino detectó, de inmediato, el tono insolente. Se molestó al darse cuenta de que la situación lo ponía en desventaja: estaba en un lugar donde no mandaba y, de repente, cuestionado por una mujer que ni siquiera era española.

Justamente, para evitar entornos en los que corriera el riesgo de exponerse innecesariamente, Florentino procuraba sostener este tipo de conversaciones en ambientes que estuvieran bajo su entero control —la oficina, el estadio, la ciudad deportiva, su casa o, en el peor de los casos, el restaurante de un amigo—.

Si bien Florentino y Manuela se habían cruzado palabras cordiales en varios eventos sociales, y hasta él la había invitado alguna vez al palco del estadio, esta era la primera vez que se reunían a solas. Conocerla no empezaba a ser de su agrado. La Mánager distaba de aquel estereotipo colombiano de gente cálida y afectuosa.

—Bueno… No sabía que íbamos a hablar de mi manera de vestir… —dijo Florentino, pensándose dos veces si dejaba pasar la insolencia o la confrontaba. Se decidió por lo segundo—. Tampoco sabía que iba a venir para que usted cuestionara mi trabajo por lo que me pongo o me dejo de poner… Le agradezco, señora, si mejor me dice para qué me ha citado.

Tal y como le habían dicho, Florentino era un hombre fácil de indisponer. Manuela distendió su rostro y disfrutó el momento. Ahora que su invitado no la estaba tuteando podrían tener una conversación franca, sin falsos formalismos ni amabilidades que escondieran o matizaran la verdadera voluntad de ambos.

—Yo no le he pedido que viniera, Presidente.

—Bueno, ya está —reconoció Florentino con algo de exasperación—, fue el Rey quien me pidió venir, pero seguramente por insistencia suya.

—Quien insistió en esta reunión fue el Rey.

—Me da igual —respondió él con antipatía.

—Florentino —dijo la Mánager, cambiando su tono por uno más amable—, me han pedido ayudar a España. A eso he venido. Y a usted le han pedido que coopere para que juntos ayudemos a España.

—¿Y cómo se supone que usted nos va a ayudar?… ¿A qué nos va a ayudar?

Manuela había ensayado la respuesta a esta pregunta durante los últimos tres días: en la ducha, maquillándose, en el carro, viendo las noticias, poniéndose la pijama, en el inodoro, desmaquillándose, en la cama.

—El proceso independentista es una realidad. Hace mucho dejó de ser el capricho de un puñado de políticos. Ahora es la obsesión de la mitad de los catalanes. El Brexit los ha envalentonado y están muy decididos a aprovechar este momento. Hay demasiado en juego y son muchos los frentes de batalla. A nosotros nos corresponde dar la pelea en el frente del fútbol. El Barça, por ejemplo, no demora en adherirse al Pacto por el referendo. Eso lo sabemos usted y yo —Florentino asintió de mala gana—. Pues lo que me han pedido es usar mi experiencia para… digamos… potenciar la influencia del Madrid y de la Selección en eso que ustedes llaman “la unidad española” y bajarle el volumen a la voz del Barça.

—Pues no termino de entender. Usted es una mánager de futbolistas. El Rey me dijo que usted sabe de… comunicación y… opinión pública…, pero bueno… si ese es el caso mejor ayude al Gobierno, ¿no?

Manuela resopló. Fue un gesto de desaprobación.

—Hago mucho más que “temas de comunicación y opinión pública”. Yo no soy un publicista que hace slogans para persuadir a la gente. Yo cambio realidades, Presidente. Las realidades, y no las “estrategias de comunicación”, son las que cambian la opinión de las masas.

Ahora resopló Florentino. El gesto fue de burla. Las palabras de Manuela le resultaron gaseosas, fantasiosas y engreídas.

—Si usted lo dice —ironizó él.

Fuego “amigo” en el Barça

La Mánager recobró la seriedad en su rostro y le lanzó a Florentino una mirada inexpresiva. El Presidente del Madrid intuyó que iba a ser echado del lugar. Casi deseó que así fuera. Habría sido una buena excusa para no tener que verla en mucho tiempo.

Manuela se levantó de la silla y caminó con los brazos descolgados sin salirse de la sala. El golpeteo de sus tacones fue lo único que se oyó durante algunos segundos.

—Esto es lo que va a pasar en unos días, Florentino: el Barça va a hacer pública su decisión de adherir al Pacto por el referendo. Los secesionistas van a creer, con razón, que tienen de su lado el mejor vehículo de propaganda para agitar el independentismo… Pues lo que vamos a hacer nosotros es cambiar esa realidad. Vamos a hacer del Barcelona el peor vocero de su causa y vamos a hacer de Bartomeu el peor líder para abanderarla.

El Presidente del Madrid no resopló esta vez, pero se mantuvo incrédulo. Manuela prosiguió:

—Todo esto va a ocurrir en tres actos, y déjeme narrárselos de la misma manera que queremos contarle esta nueva realidad a España: uno, la Policía detiene a un expresidente del Barça, y no por un enredo judicial cualquiera, sino por ser la “cabeza de una organización criminal” dedicada a blanquear dinero… No estamos hablando de un expresidente del Barça cualquiera, sino de Rosell, el más votado en la historia del club y el mismo directivo que fichó a Neymar, el heredero de Messi, en un turbio negocio que algunos califican de “estafa”. En el segundo acto, los focos caen sobre el actual Presidente del Barça; la gente recordará que Bartomeu también hizo parte de esa estafa cuando era vicepresidente del club. Y aprovecharemos la ocasión para desempolvar el pleito de Bartomeu con el peor de sus enemigos: Laporta, otro expresidente del Barça, muy popular por cierto, que hoy vive dedicado a desprestigiar a la Junta Directiva de su propio club.

La Mánager, que contaba esta historia caminando de un lado a otro, se detuvo para hacer énfasis en sus siguientes palabras, mirando a Florentino:

—Los peores enemigos del Barça, esos que pueden hacerle daño al club como nadie más podría hacerlo, son tres: Rosell, y su codicia; Bartomeu, y su miedo; Laporta, y su ego. En el caso de Rosell, cuando estalle el escándalo, hay que dejar que siga su curso; pero con los otros dos nos queda mucho por hacer. Bartomeu se va a aferrar al cargo, entre otras razones, porque sería una presa fácil si no tiene a su servicio la institucionalidad y la influencia del Barcelona. Y Laporta… —Manuela sonrió con malicia— Laporta es el mejor aliado de España para quitarle legitimidad a la vocería del Barça en la campaña por el referendo. Él va a seguir invirtiendo todas sus energías en la caída de Bartomeu y de su Junta Directiva. Al final… van a estar tan desprestigiados que ni Piqué querrá ser Presidente del club.

Florentino pasó de la incredulidad a la desconfianza. Sintió algo de temor por estar en una conversación con semejante nivel de conspiración y con alguien que apenas había visto.

No es que le pareciera imposible que algo así ocurriera. Muchas veces había oído historias de este tipo —y hasta participó en varias de ellas—. La diferencia es que ahora se sentía involucrado de repente y sin haber sido consultado. Una idea paranoica atravesó su tren de pensamiento: <<¿Me están grabando?>>

—Lo que usted dice… O propone… no sé… es muy delicado. ¿Cómo sabe que eso va a pasar?, si es que va a pasar…

—Podrá suponer que el Rey no solo me facilita reuniones con el Presidente del Madrid. —La mujer tomó asiento de nuevo—. Esta es una causa de España y de todo su establishment, y eso incluye a varias instituciones catalanas que están asustadas ante la posibilidad de una declaración de independencia unilateral. Se dice que ya existe una especie de “ley secreta”, una suerte de “constitución temporal” para hacer la transición hacia la independencia, con o sin referendo. La zozobra no es solo para la gente “de a pie”, sino también para políticos, jueces, inspectores de hacienda, empresarios… Todos se preguntan qué va a pasar, con ellos y sus familias, al día siguiente de semejante rompimiento. ¿Van a mantener sus empleos? ¿Van a permanecer solo los funcionarios públicos “leales” a la causa? ¿Se van a encarecer los créditos? ¿Las casas de los catalanes van a valer menos? ¿Qué pasa con los empresarios que tienen negocios o relaciones comerciales con otras comunidades o países?… No hace falta que yo oprima botones para que ocurran cosas. Con el guiño de la Corona, y el pánico de tanta gente, puedo sugerir que otros accionen los botones: el Gobierno, la Audiencia Nacional, la Abogacía del Estado, la Agencia Tributaria, el Tribunal Supremo…

La Mánager hizo un énfasis especial en la última institución. Florentino arqueó las cejas. Conectó al Tribunal Supremo con la decisión que estaba pendiente de conocerse.

—Usted dijo que eran tres actos —recordó él.

Manuela asintió con picardía.

—En el tercer acto —dijo ella—, el Barça pierde a su héroe, a su mayor símbolo. Ocurre lo impensable: el mejor jugador del mundo no renueva con ellos.

Florentino pasó al excepticismo:

—No me lo creo posible.

—La posibilidad es mínima. La verdad… me sorprendería si ocurre, pero tal vez… tal vez logremos salirnos con la nuestra. El Tribunal Supremo va a ratificar que Messi sabía de la defraudación fiscal que armaron sus asesores. Palabras más, palabras menos, queremos que el país vea al dios del Barça convertido en un ladrón de los españoles. Cuando eso ocurra, veremos si Messi… si la familia Messi todavía quiere renovar con el Barcelona y seguir jugando en la Liga de un país que lo toma por bandido.

El Presidente del Madrid sintió que no podía escuchar más. Se puso de pie y sugirió con sus ademanes que se disponía a salir.

—Mire, yo no sé si quiera oír una sola palabra más de lo que usted me está diciendo…

La mujer, sin sorprenderse, se levantó también y empezó a acompañarlo a la puerta mientras él seguía hablando.

—Hasta parece una broma todo lo que me ha dicho. Esto es jugar con fuego… Yo no puedo ser parte de esto, ni he pedido ser parte de esto… Yo no sé ni siquiera si el Rey conoce de verdad los términos de lo que usted propone, y con este nivel de detalle. La conspiración que usted sugiere… sencillamente no puede ser… ¿Y después qué? Si van por Messi, no me cabe duda de que van a ir por la cabeza de Cristiano. ¿O usted cree que todos se van a quedar tan tranquilos y no va a haber daños colaterales en Madrid?

Cuando preguntó esto, Florentino ya estaba en la puerta. La Mánager, imperturbable, respondió con franqueza.

—En la medida de lo posible, intentaremos minimizar los daños. Si no se puede… la unidad de España está por encima del Madrid y de su jugador franquicia. Siempre habrá tiempo de comprar a otro galáctico, pero si Cataluña avanza en su idea de independencia no nos alcanzará la vida para volver a ponerla en su lugar. Sobre el Rey… ya tendrá usted oportunidad de comentar todo esto con él.

Florentino vio a Manuela por última vez, atónito. Se dirigió a su auto. La puerta se cerró tras él.

La Mánager hizo sonar sus tacones una vez más. Subió a la segunda planta y caminó hacia la habitación que quedaba al fondo del corredor. Sin entrar, habló por la puerta entreabierta.

—Hasta mañana, mamá —dijo Manuela.

—Hasta mañana —respondió doña Alba.

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Laporta, el mortal

Lunes 17 de abril

Sofía Vidal se asomó por una de las dos terrazas de aquella sala de juntas. Estaba en un octavo piso, justo en la esquina de la Avenida Diagonal con Carrera de Villarroel. Contempló, con algo de burla, las palmeras y árboles de plátano sembrados a lo largo de los 10 kilómetros de la Diagonal; desde esa altura, el follaje impedía ver con claridad el movimiento de vehículos y peatones.

Recordó lo que ocurrió hace menos de dos años, poco antes de las elecciones catalanas de 2015: se armó cierto alboroto en redes sociales por cuenta de unos tanques de guerra que eran transportados en camiones sobre esa misma avenida. Se trataba de unos carros de combate obsoletos que serían expuestos con motivo del Día de las Fuerzas Armadas.

Sugirieron entonces, con tuits y publicaciones en Facebook, que el Ejército se preparaba para reaccionar ante una posible victoria de las fuerzas independentistas en el Parlamento.

Otros fueron más allá y le pidieron a la alcaldesa de Barcelona podar los árboles de aquella vía. Así, decían, las cámaras de seguridad tendrían una “visión óptima (…) para poder avisar a toda la población, antes que nadie, de la entrada de los tanques por la Diagonal”.

La petición era un chiste, claro. Había sido firmada mayoritariamente por bromistas sin oficio, y por uno que otro separatista con exceso de convicción.

Sin embargo, el temor a una intervención militar iba más en serio y bien podía justificarse. Era real la posibilidad de una Cataluña autoproclamada como independiente, y prueba de ello es que ya existía el borrador de una “ley de ruptura” —un detallado plan de secesión del Gobierno catalán—. Ante semejante escenario, ninguna respuesta estatal debía descartarse.

Laporta se quedó hablando con Manana, su personal assistant, justo antes de entrar a la sala de juntas. Sofía Vidal aprovechó para analizarlo un poco, antes de que él cruzara la puerta.

Confirmó que estaba hinchado y barrigón aquel hombre que alguna vez le pareció sexi. O, lo que es igual, humanizó al personaje que alguna vez percibió poderoso y, por lo tanto, atractivo.

No solo estaba más gordo, sino que su nueva manera de vestir le desfavorecía. Tras perder las elecciones a la Presidencia del Barcelona, y pensando en ganar las próximas, Laporta quiso hacer un ajuste a su imagen con la intención de asemejarse más a un líder moderno e inspirador, y menos a un político tradicional.

Sin embargo, al dejar de lado los vestidos y las corbatas, Laporta se debatía a menudo entre dos situaciones que lo hacían sentir inseguro. Por un lado, con las camisas abiertas a la altura del cuello, experimentaba uno de los complejos mejor callados por el hombre contemporáneo: el exceso de vellos en el pecho. A veces se rasuraba, pero prefería no hacerlo porque semejante acicalamiento le parecía poco masculino.

Su otra opción eran los jerseys de algodón, que le cubrían hasta la manzana de Adán; lo malo es que le ahormaban el torso, quedando en evidencia su exceso de grasa en panza y busto.

Sofía sabía todo esto porque llevaba tiempo haciéndole seguimiento a Laporta, pero también porque conocía de moda y ponía en práctica ese conocimiento en su propio armario.

Consciente de sus características físicas, y de sus 42 años, Sofía usaba blazers o blusas que ocultaban sus gorditos en brazos y cintura. A favor tenía, y explotaba, los bonitos rasgos de su cara, una altura promedio y el aire juvenil de su pelo negro que se descolgaba hasta más abajo de los hombros.

Laporta entró al fin y la saludó con una seriedad que denotaba desconfianza. Un contacto de la Audiencia de Barcelona le había sugerido reunirse con ella para darle un empujón al pleito que sostenía con Bartomeu. Ante un asunto tan delicado, Laporta andaba con cuidado.

—Siéntese, por favor. Dígame en qué puedo ayudarla —dijo él.

Sofía sonrió con suficiencia.

—Al contrario, vengo a contarle cómo nosotros podemos ayudarlo a usted.

Laporta aguzó los ojos. Le devolvió la sonrisa pedante.

—¿A quién se refiere por “nosotros”… y en qué creen “ustedes” que me pueden ayudar?

—Usted ya debe saber, más o menos…

—Aún siento que sé menos que más.

—Bueno… Déjeme explicarle entonces… —Sofía viró sus ojos hacia la izquierda, y los detuvo en un punto indeterminado, mientras organizaba sus ideas. Tomó aire—. Trabajo para un “lobby” de catalanes, muchos culés como usted, que creemos en el derecho que nos hemos ganado a tener un mayor autogobierno. Pero… en ese mismo grupo de catalanes, a diferencia de culés como usted, no creemos que ese derecho se deba ejercer rompiendo la ley ni usando como medio de propaganda al Barça.

Laporta, que escuchaba con extrema atención, sintió divertirse con la pregunta que él haría a continuación:

—Pues no son diferencias menores las que tenemos. Yo creo que es perfectamente legítimo que el Barça vaya de frente con el referéndum. También abanderé hace unos años, no muchos, la propuesta de una declaración unilateral de independencia. Nos distancian temas de fondo, Sofía… ¿cómo es que quieren ayudarme?

La mujer, con un gesto, validó la incredulidad de Laporta. <<Es comprensible que le resulte extraño>>, manifestó ella con su ademán.

—Correcto… —afirmó ella—, no es que lo queramos ayudar a usted. Lo que buscamos, por lo pronto, es que Bartomeu y su actual Junta Directiva tengan la menor incidencia posible en la campaña por el referéndum. Queremos que estén tan ocupados en otros asuntos que no tengan tiempo, ni energía, ni voluntad, para poner al Barcelona al servicio de esta causa. Y si insisten, la idea es que estén tan desprestigiados que terminen haciéndole daño al independentismo. En ese sentido, creemos que una manera de quitarle fuerza a Bartomeu es apoyando la voz disidente de un “general”, como usted, que viene de comandar las mismas “tropas” del Barça.

Laporta soltó una risotada mientras se agarraba de los brazos de la silla.

—¡Pero si le digo que yo soy más pro-referéndum que todos ellos juntos! ¡Es más: estoy a favor de un independentismo agresivo, inconsulto… hasta ilegal! Claro…, nada me gustaría más que Bartomeu y su junta dejaran el club, pero también busco ocupar el lugar de ellos cuando se vayan. Y si eso ocurre… ustedes me conocen… voy a ser, justamente, esa figura que no quieren en el mapa: ¡un Presidente culé haciendo propaganda por la independencia de Cataluña!

—Sabemos muy bien quién ha sido usted, quién es y quién va a seguir siendo… En su momento evaluaremos la situación, si es que usted vuelve a ser Presidente del Barça. Por ahora, el enemigo a enfrentar ya, y el que tenemos en común, es Bartomeu.

Laporta negó burlonamente con la cabeza. No terminaba de entender que unos antisecesionistas le estuvieran planteando un arreglo a un declarado independentista.

—Exactamente, ¿qué ha venido a proponerme?

—Vengo a ofrecerle el fin de la demanda que Bartomeu elaboró contra usted. ¿Cuánto lleva con ese pleito a cuestas? ¿Seis, siete años?

Laporta revolvió los ojos. <<Mucho tiempo>>, quiso expresar. Sofía continuó.

—Podemos hacer que la Audiencia de Barcelona falle pronto y desestime el caso. Sabemos que Bartomeu dejará de insistir en este pleito, si la sentencia no le da la razón a él.

Laporta bufó.

—Claro que no le van a dar la razón. Ya fallaron a mi favor en primera instancia. Lo más probable es que vuelvan a hacerlo.

Sofía lo desafió:

—¿Está seguro?

Laporta no lo estaba. Ni siquiera recordaba lo que era sentirse seguro. Durante los últimos siete años había vivido en permanente zozobra.

Antes, como Presidente de uno de los clubes de fútbol con mayor influencia del mundo, había conocido la adictiva omnipotencia que ofrece el poder; había saboreado la embriagante arrogancia y la dulce impunidad de quien hace cuanto desea a la hora que le da la gana, de quien compra a quien quiere y se acuesta con quien quiere, sin siquiera esforzarse ni temer por las consecuencias. Había experimentado las fascinantes palpitaciones de vivir con adrenalina pero sin miedo, con el morbo de hacer lo que no se debe.

Ahora, sin embargo, Laporta se iba a la cama temeroso, perseguido por el actual Presidente del mismo club, un hombre peligrosamente omnipotente y arrogante —tal y como Laporta se recordaba a sí mismo—.

Pensaba en los excesos de su “vida pasada”, la de un dios al mando del Barça, y creía que, tal vez, Bartomeu era el karma de su actual reencarnación: la de un simple abogado y empresario que, sin el cargo de Presidente, no era más que un mortal.

Cada vez que abría los ojos en las mañanas había desasosiego en su mirada; se bañaba con incertidumbre; se vestía con algo de desánimo; desayunaba absorto. Pensaba en cómo transcurriría su vida a partir del momento en el que le notificaran un fallo adverso: la afectación de su patrimonio para responder por las supuestas pérdidas que acusaba Bartomeu, los efectos colaterales sobre su familia, el escarnio público, la sensación de impotencia, la rabia por el orgullo herido.

—Le repito. Es muy sencillo —retomó Sofía, quien había guardado unos segundos de silencio, para que la duda tuviera tiempo suficiente de posarse en la cabeza de Laporta—. Estamos en capacidad de garantizarle que el fallo de la Audiencia se dé pronto y que, otra vez, desestime las acusaciones de Bartomeu. Será el punto final de este pleito.

—¿Qué tan pronto?

—El otro mes.

Laporta echó la espalda hacia atrás, recostándose en la silla, frotándose nervioso la mandíbula.

—¿A cambio de qué es todo esto? —preguntó Laporta, confundido, como si acabara de llegar a la conversación.

—Como dije antes, queremos que usted le reste autoridad a la Junta Directiva del Barça, que estén suficientemente desprestigiados, que reúnan el menor número de apoyos posibles a la independencia. Queremos, señor Laporta, que usted diga hasta el cansancio que son unos mentirosos, y que lo repita como un mantra cada vez que vea una cámara o un micrófono: “La mentira deslegitima”… “la mentira deslegitima”… “la mentira deslegitima”.

***

“Aprieten a Florentino”

Viernes 21 de abril

El Audi A8 de la Federación Española parecía deslizarse sobre la Autovía del Nordeste, mejor conocida como la A-2. Abandonaba la ciudad de Madrid en dirección al Ayuntamiento de Guadalajara, a poco más de media hora de camino, en donde se firmaría un convenio para jugar allí la final de la Copa del Rey de fútbol sala.

El chofer disfrutaba del viaje. Solía sentirse complacido al volante de una máquina que consideraba exquisita. Coches como aquel, sin embargo, no se fabrican para gusto del conductor, sino para acariciar el ego de quien se sienta en el puesto trasero. Sobre el cojín de la derecha, en lo que aparenta ser la extensión de una oficina de lujo, el pasajero se percibe poderoso e inalcanzable; se entiende a sí mismo tan importante que necesita de aquel despacho móvil para continuar con sus trascendentales obligaciones, sin pausa ni descanso.

Allí estaba Villar, uno de los hombres más atornillados de toda España. Pronto cumpliría 29 años como Presidente de la Federación, que podrían convertirse en 32 si ganaba la elección de los próximos días.

Solo a un puñado de personas se les había permitido mantener una silla por tanto tiempo en toda España; entre ellos se contaban el rey Juan Carlos (casi 39 años en el trono) y Mariano Rajoy (con un escaño en el Congreso de los Diputados desde 1986… y contando).

El fútbol (con Villar) y la política (con Rajoy) parecían haber encontrado monarcas propios, coronados una y otra vez con permiso de la democracia.

—Vale, pues venga. Iremos a Murcia —le dijo Villar por teléfono a la Directora de la Selección Española—. ¿Cómo? (…) Nada, nada… no les digas nada, María José. Dejemos que en Murcia se enteren de la noticia y después yo llamaré personalmente, a ver si tienen la cara de no apoyarme luego, ¿eh? (…) Que no digas nada. Que se enteren primero y hagan fiesta. Si después no me votan, igual llevamos el partido a otro lugar y los dejamos sin nada.

A su lado, deslumbrado, estaba José Antonio “Quillo” García. Se sentía privilegiado por estar al lado de un “patriota” y por tener el honor de acompañarlo en su vehículo oficial. También se sentía afortunado de escuchar aquella conversación telefónica, en la que se definía el lugar del próximo partido amistoso de la Selección Española, contra Colombia. Creía estar ante una oportunidad irrepetible para aprender cómo debían, por el bien de España, manejarse los hilos del fútbol.

“Quillo” era un madridista consumado. Es decir, era un madridista común y corriente. Un hincha tan furibundo como sedentario; implacable cuando cuestionaba la disciplina de un jugador y extremadamente flexible sobre sus propios hábitos alimenticios.

Nada de lo que se ponía le quedaba a la medida. Sus trajes siempre se pasaban de grandes, hasta dos tallas por encima de lo justo.

Había decidido que las corbatas le colgaran muy por encima del pantalón, para emular a Zidane. Nadie le hizo el favor de contradecirlo, aunque algunos sí se animaron a llamarlo “Zizou”, no por la corbata sino por su alopecia concentrada en la coronilla, como la tonsura de un monje. A sus 37 años, “Quillo” parecía de 50.

Estaba convencido hasta el fanatismo de la mentada “unidad española” y creía con fascinación en la importancia de la Corona. Repetía como un soldado todos los mensajes y consabidos conceptos de quienes se encontraban en su misma orilla: “identidad plural”, “construir sobre la diversidad”, “recomponer, en vez de fracturar”, “historia compartida y destino común”.

Fácilmente se podía comprender la profunda emoción que sentía “Quillo” por lo que ocurriría tan pronto Villar colgara el teléfono. Iban a hablar, y no de cualquier tema, sino de cómo podrían influir en la “confección” de la plantilla de la Selección de fútbol, de tal manera que allí estuviera representado el país; para invitar a la concordia y no al separatismo; para hacer del Mundial del próximo año una plataforma de hermandad entre todas las comunidades; para que más catalanes se sintieran orgullosos de ser españoles. Casi se sentía como un héroe anónimo haciendo historia.

—Venga, “Quillo”. Vamos a lo nuestro —dijo Villar tan pronto colgó—. ¿En qué quedamos la última vez?

Contra Israel jugaron cuatro del Barça, entre ellos tres catalanes.

—Piqué, Jordi y Busquets, además de Iniesta —recordó Villar haciendo el conteo con los dedos de su mano. “Quillo” asintió—. ¿Y del Madrid? Ramos, Carjaval e Isco, ¿verdad?

—Isco, no.

—¿Pero cómo no? Si yo lo vi jugar. Me acuerdo. Metió gol.

—Ya, ya… pero entró de suplente, no de titular.

—¿Cuánto tiempo jugó?

“Quillo” revisó unos apuntes en su celular.

—Entró en el minuto 70 y metió gol en el 88, cuando ya el partido estaba resuelto. Íbamos tres a uno.

Villar torció la boca. Valía poco el gol de Isco al no ser decisivo.

—Recuérdame si cambiaron a algún catalán.

—No. El míster cambió a Iniesta por Isco y ahí sí quedaron igualados, los tres catalanes del Barça, que ya estaban jugando, y tres del Real Madrid, contando el ingreso de Isco.

—¿Quién no jugó?

—Ni un minuto para Nacho y Morata. Y a Lucas ni siquiera lo convocaron.

—Nada. Olvídate de Lucas.

—Pero si siempre juega en su club.

—No de titular, “Quillo”. Vamos a escoger nuestras peleas, ¿vale? Lucas no es una de ellas. Yo no puedo dictarle la plantilla entera al entrenador. Máximo puedo insistir con dos jugadores.

—Vamos, que usted es el Presidente.

—Sí, hombre, pero no hay nadie con más poder que un entrenador nuevo y con buenos resultados. Julen lleva menos de un año y vamos de primeros en la eliminatoria.

—¿Entonces? ¿Con quiénes nos la vamos a jugar?

Villar lo pensó un poco. Luego negó con la cabeza e hizo un gesto de amargura.

—Es que no depende de nosotros, “Quillo”. Dile eso a Manuela. Dile eso a Florentino. Y que el Rey se entere también. El que tiene que poner a jugar a los españoles es el Madrid. ¿Cómo voy a decirle a Julen que ponga a “este” o a “este otro” si no son titulares en su club?

José Antonio miró hacia el frente y guardó silencio. Se sintió regañado. Villar retomó la palabra.

—Que no es contigo, chaval. Pero tienen que entender: en la Selección Española jugarán los futbolistas titulares del Madrid… pero deben ser españoles, ¡joder! Porque aquí no podemos alinear ni a Cristiano, ni a Benzemá, ni a Casemiro.

—¿Alguna sugerencia?

—Mira, sugiero que nos enfoquemos en Morata, Isco y Asensio. Julen no tendrá problema en ponerlos a jugar. Pero Zidane los tendrá que alinear más, y que empiece desde ya. ¿Qué partidos de Champions le quedan al Madrid?

—Los de la semifinal contra el Atlético. Si pasan, la final es en junio —“Quillo” revisó su celular otra vez—. El 3 de junio.

—Pues, vale ya. Nosotros tenemos ese mismo mes el partido contra Macedonia, después de jugar contra Colombia. Mira cómo funciona esto: los españoles que jueguen el último partido de Champions como titulares —Hizo una entonación especial cuando pronunció “como titulares”—, serán también titulares contra Macedonia. Y de ahí en adelante, haremos igual. Los madridistas que lleguen como titulares al Mundial, serán titulares con la Selección, por encima de quien sea. A mí no me tienen que convencer de nada. Al que falta apretar es a Florentino, y que él apriete a quien convenga.

—Vale, vale… —dijo José Antonio con alivio—. Haremos llegar ese mensaje a Florentino. Tengo entendido que el Madrid se está moviendo desde ya para incluir en el primer equipo a varios españoles de la sub 21. Están esperando a ver cómo se desempeñan en la Eurocopa. Hasta vienen haciendo gestiones para traer a Theo, que es francés. Lo quieren nacionalizar y así tener otra opción de lateral izquierdo en España.

—Muy bien… muy bien. Que jueguen en el Madrid todos los españoles que sea posible. Que no pase lo del Mundial en el que fuimos campeones; que fueron siete jugadores catalanes, y al día siguiente decían que era un título de Cataluña… ¿Viste la encuesta sobre lo orgullosos que se sienten los catalanes con las selecciones españolas?

—Si, sí… —dijo “Quillo”, animado al saber la respuesta—. El 55 por ciento de los catalanes se sienten orgullosos cuando a un equipo español le va bien. Si hacemos un partido de la Selección en Barcelona o alguna otra parte de Cataluña, puede que inclinemos más la balanza.

—Llegará el momento, “Quillo” —dijo Villar dando unas palmadas en la pierna de José Antonio—. Esto hay que hacerlo bien.

 

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